Opinion

MÉDULA

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PÉGAME PERO EN LA CARA NO

Jesús Lépez Ochoa

Javier Alatorre adelantó el Día de los Inocentes. Jugó con la esperanza derrocadora de la oposición y con el hígado de los súbditos oficialistas para salir con apenas una amonestación de la Secretaría de Gobernación, pero también con el premio mayor que es la ratificación de la amistad del hombre más poderoso de México, el presidente Andrés Manuel López Obrador, en apariencia para él, pero en realidad, para su jefe.

Si usted cree que Ricardo Salinas Pliego arriesgaría los millonarios negocios que tiene con la Cuarta Transformación desde el gobierno de la Ciudad de México y la Secretaría de Educación Pública por pelearse con el presidente, déjeme decirle que no es el segundo hombre más rico del país por cometer el garrafal error de liarse con quien posee el poder político y presupuestal.

Entre la “justicia” que le hizo la Cuarta Transformación al dueño de TV Azteca está un contrato estimado en 40 millones de dólares según el periódico español El País, para gestionar los sistemas de videovigilancia de la Ciudad de México a través de Total Play.

También los seguros de accidentes para funcionarios y policías de la Ciudad de México por casi 3 millones de dólares para Aseguradora Azteca, y recientemente la misma compañía resultó beneficiada con los correspondientes a todos los bienes muebles e inmuebles de la Secretaría de Educación Pública, por otros 42 millones de dólares.

Traducidos los tres contratos a pesos son mil 819 millones de pesos aproximadamente. Nadie, por muy millonario que sea, estaría dispuesto a perder ese tipo de ganancias por un berrinche, pero sí podría acceder a que uno de sus empleados juegue al villano favorito en esos juegos de polarización que los expertos en comunicación política de la presidencia saben muy bien orquestar.

En ese sentido el aderezo de Javier Alatorre a la nota en la que el gobernador morenista de Baja California, Jaime Bonilla Valdez, acusaba al subsecretario Hugo López-Gatell de no dar la estadística real de los casos de Covid-19 en su estado fue en realidad un distractor.

Gracias al “exabrupto” ya no se habló en las benditas redes sociales:

1.- De las declaraciones de Bonilla y de otros gobernadores que también han criticado al subsecretario Gatell y su manejo de la pandemia, entre éstos el también morenista Miguel Barbosa de Puebla, el jalisciense Enrique Alfaro de Movimiento Ciudadano o el perredista Silvano Aureoles de Michoacán.

2.- Del conflicto fiscal con otros gobernadores del norte del país que demandan mayores participaciones con base a la recaudación de sus estados en plena pandemia. Oportunista pero no deja de ser relevante la rebelión de mandatarios estatales y que sean precisamente los de izquierda como MORENA, el PRD y MC, y que Obrador esté obteniendo mayor institucionalidad hacia su gobierno de parte de los priístas como el guerrerense Héctor Astudillo.

3.- De la baja de calificación a la deuda soberana y la colocación de los bonos de Pemex como bonos basura por parte de las calificadoras de crédito internacionales.

El “no le haga caso a Gatell” fue sacado de contexto, ya que Alatorre hablaba de cifras y no de las medidas preventivas que se difunden no solamente por el subsecretario si no por los 32 gobernadores, más de 2 mil 400 alcaldes y todos los medios de comunicación del país. No llamó a desobedecer las medidas, sino a no hacer caso a las cifras que da a conocer en sus conferencias de prensa el funcionario.

A la descontextualización siguió la exacerbación para convertirlo en el villano favorito ocasional de las líneas de trolls oficialistas, aunque también sirvió a los bulleros de la oposición, que no se iban a quedar cruzados de brazos, para usarlo como símbolo de las rupturas continuas en las filas obradoristas en medio de la crisis por el coronavirus.

Al final de la caja china un apercibimiento y la consideración presidencial de amistad. Después de todo el criticado por el conductor fue López-Gatell a quien en una dinámica de posicionamiento como probable “tapado” de Obrador resulta favorecido y se mantiene en las conversaciones como el bueno de la película.

En política también se vale eso de “pégame pero en la cara no”, y se juega, más cuando hay compromisos o amistades de por medio.

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